Costumbrismo — 9 abril, 2014 at 9:04 am

La lechera prodigiosa

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Amalia con sus vacas en la lechería

  Tiene una sonrisa fácil y un talante amable tras el que se descubre una vida de trabajo intenso y casi de sol a sol. Amalia Villasante le ha plantado cara al frío, al calor y a las adversidades desde la bicicleta, en la que repartía la leche en sus inicios, la furgoneta o en  la propia lechería. Su historia es la crónica de un esfuerzo continuo en el que no ha conocido los descansos dominicales pero asegura que ésta es la vida que eligió junto a su marido y guarda un grato recuerdo de un trabajo para el que sin duda había que ser dueño de una peculiar fortaleza. Hoy sigue prefiriendo el aire puro del campo y ha desempolvado sus lecheras, su dental y sus recuerdos para el posado fotográfico “ así me recordará la gente, aunque entonces mis lecheras estaban brillantes”.

El carácter de Amalia rezuma satisfacción algo que sin duda es consecuencia de haber elegido y conseguido llevar a cabo un proyecto de vida y trabajo en común con su marido, Francisco Fernández, desde que ambos llegaron a Elda en 1954. Viuda desde hace tan solo unos meses, Amalia llegó a Elda procedente de Cantabria con tan solo 23 años y una carga de energía envidiable. “ Teníamos una cuñada ya situada en Elche y nos decidimos por Elda. Mis padres ya eran ganaderos y yo conocía este mundo. Mi marido también era ganadero  y vinimos aquí con nuestras vacas”. Las primeras las trajeron de Santander pero luego llegarían otras de Holanda. “ Primero teníamos 20, más tarde 30 y al final 40 vacas. Yo era capaza en diez minutos de sacar 40 litros de leche ordeñándolas pero al final se mecanizó toda la extracción. También he sembrado y recogido en el campo. Cuando mi marido se iba fuera, a por los piensos, yo me quedaba a cargo de todo. Segaba la alfalfa, el maíz, ordeñaba las vacas y luego cogía la bicicleta para repartir. A todo esto había que sumarle las tareas de la casa y los hijos”. También recuerda haber ido a lavar la ropa en un barreño al río, cercano al paraje en el que está situada la granja, sobre las piedras.Amalia proviene se Solórzano (Cantabria) y cuenta que allí “ las mujeres trabajaban tanto o más que los hombres” y ella es sin duda es una buena muestra.

Buena clientela

Amalia junto a su hijo Trinitario

Tras montar la granja, Amalia y Francisco, comenzaron a buscar clientes. “ No fue difícil iniciar el reparto de leche ofreciendo el género” Trabajaba mañana y cuenta que “ no ganaba para pinchazos en las ruedas” haciendo recuento de la cantidad de litros que podía transportar en sus lecheras cuando repartía en bicicleta, y suma; las dos de 16 litros, la de 20 en el soporte y las tres de 4 litros en el manillar, un total de 68 litros con los que pedaleaba en invierno y verano sin desfallecer. “ Trabajaba desde las 8 de la mañana hasta las 2 del mediodía y por las tardes desde las 6 hasta las 10 ó las 11.  En el campo no hay domingo aunque ese días sólo trabajaba por la mañana”.

La granja se configuró alrededor de la casa y junto a la misma se levantaron los locales para el pienso. La leche que no se repartía se llevaba la central, según cuenta Amalia, aunque también hacía “ quesos pasiegos o mantequilla” con la leche.

Amalia repasa el recorrido que hacía en su trayecto de reparto. “Cogía la Gran Avenida, San Francisco, Juan Carlos I… había veces que por un cuarto de litro subía cuatro pisos de escaleras”.Después de la bicicleta llegó el coche “ primero la Citroen y más tarde la Berlingo. Con 79 años aún conduzco, aunque ahora me estoy recuperando de la cadera”. Posteriormente abriría una lechería en la Gran Avenida “ Entonces las cosas comenzaron a ser más fáciles, aunque recuerdo que llegaba cargada con las lecheras y tenía que entrarlas rodando de lo que pesadas que eran” De su fijación por el aspecto de las lecheras Amalia cuenta que “relucían”. “En este trabajo la limpieza era esencial, todo cundía más cuando estaba limpio y mis lecheras estaban tan limpias que tenían destellos”. También bromea cuando habla de los delantales y se coloca uno para el posado “ así sabrán que soy yo. Yo me ponía el delantal de puntillas y  me iba si era preciso al banco sin quitármelo”.

Amalia con sus lecheras en la actualidad

Con el tiempo también se amplió el género de reparto. “Cuando iba a los campos llevaba  magdalenas o huevos al mismo tiempo para aprovechar el viaje”. Respecto a sus hijos ambos están inmersos en negocios relacionados con el textil y la moda y no han tomado el relevo de sus padres.

La vaquería estuvo activa hasta hace veinte años. Amalia se jubiló a la edad preceptiva y hoy los locales que albergaban a los animales están separados y sirven como locales de ensayos de música para gente joven.

Amalia sigue gozando de una energía envidiable, pese a estar en proceso de recuperación, y haga gala de su hiperactividad “ me gusta respirar este aire cuando me levanto, voy a nadar y también me gusta visitar las tiendas de mis hijos y estar en contacto con la gente. Dentro de poco volveré a conducir”.

(Publicado en Vivir en Elda)

 

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