Costumbrismo — 9 abril, 2014 at 9:20 am

Oficios perdidos; practicanta y partera

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Su abuelo fue homeópata y ella manifestó desde muy joven su vocación sanitaria, formándose como practicanta y partera. Su figura se haría también popular por el curioso vehículo con  en el que se desplazaba para llevar a cabo los avisos, una tartana conducida por su marido. El cascabeleo del caballo precedía a Consuelo García Montesinos; la Practicanta, que dejó de lado los partos para emplearse a fondo en un trabajo que durante alguna década, especialmente con la llegada de la penicilina, se convirtió en algo habitual por la prescripción de los facultativos de la época. Los pocos  practicantes que habían en la población solían tener consultas particulares y realizaban además un servicio a domicilio.

Consuelo vivió dedicada de pleno a su profesión hasta la jubilación. El tintinear de los cascabeles sonó durante años como melodía de anuncio y su presencia se convirtió en todo un referente en las calles de Elda. El respeto y el cariño que muchos eldenses le profesaron sigue vivo en la memoria de quienes la conocieron.

Inauguración de la vivienda de la calle 2 de mayo. Consuelo en el centro de la imagen

La joven Consuelo llegó a Elda a trabajar, tras finalizar sus estudios en Valencia, procedente de Petrer y su primer destino como vivienda fue la calle Colón, en una casa donde alquilaría una habitación. La familia al completo se trasladó posteriormente a Elda construyéndose una casa en la calle 2 de Mayo.

Consuelo conocería más tarde  a un joven carnicero procedente de El Palmar de Murcia, Jesús Escamez, con el que contraería matrimonio. De esta unión nacieron sus tres hijos; Juan, Maruja y Francisco. El más pequeño heredaría la vocación sanitaria materna estudiando medicina.

Su hija Maruja recuerda de su madre que trabajaba sin descanso, “no paraba nunca”, y  por tanto se criaron  cuidados por su abuela. No obstante la acompañaban en algunas ocasiones; “tengo fresca la imagen de mi madre con un enorme manto en el que nos cobijábamos mi hermano pequeño, Francisco, y yo. Nos gustaba acompañarla cuando se terciaba para algún aviso y ella nos llevaba recogidos y tapados bajo su manto hasta que llegábamos a la casa en cuestión”.

Practicanta y partera

Maruja habla de lo sacrificado de esta profesión. “No tenía horas y en ocasiones ha llegado a quedarse en casa de algún enfermo por la noche para pincharle cada cierto tiempo, si así lo recomendaba el médico”. De su etapa como partera, Maruja dice haber oído que lo dejó, puesto que no le compensaba, ya que los partos solían “mover” por la noche; por lo que consecuentemente Consuelo no lograba descansar. Como curiosidad, apunta que además, en tiempo de carencias, le pedía a su marido en muchas ocasiones tras los partos que matase un pollo para regalarlo a la parturienta y que esta pudiese tomar un buen caldo y en condiciones, para recuperarse.

Es de imaginar que Consuelo estudiase en Valencia como “Practicante autorizado para la asistencia de partos normales”, tal como reza en algunos títulos anteriores al Real Decreto de 1953 en el que ya aparecen estos profesionales como Ayudante Técnico Sanitario.

La hija de Consuelo recuerda que su madre trabajó en el dispensario de la calle Liberación con médicos como Ferreira o Cuenca, al margen de su trabajo como practicanta que desarrolló hasta los 64 años.

La tartana

Jesús Escamez junto a la tartana

El marido de Consuelo, que por su trabajo compraba ganado, adquirió una tartana y Consuelo se quedó prendada de este vehículo, al ver que le permitía desplazarse mucho más cómodamente para realizar sus avisos por todos los puntos de la población. “Mi padre tuvo una carnicería junto al Ayuntamiento y luego en el Mercado Central. Cuando compró la segunda tartana, mi madre le pidió que no la vendiese y de ese modo se quedaron con ella. Las igualas habían ido en aumento y el trabajo la desbordaba, por lo que mi padre decidió acompañarle”.

Maruja cuenta que el caballo entraba en la misma casa donde vivían, puesto que al fondo de la misma estaban los animales, una planta en la que existía también la consulta de Consuelo. “Allí tomábamos  los avisos y mi madre pasaba a recogerlos. Mi padre madrugaba para tener lista la montura, cepillaba el caballo y limpiaba los cascabeles”.

La hija de Consuelo conserva aún parte del instrumental que se utilizaba en aquellos tiempos, recogido en un maletín de madera, un material propio de un museo en el que se pueden ver curiosas piezas como las jeringuillas de cristal, o la caja metálica en la que se hervía el instrumental.

Maruja apunta que aún hoy se sigue sorprendiendo y emocionando cuando la gente le habla de su madre, de la huella que dejó su trabajo y de su generosidad como persona.

Desempolvar el material de Consuelo la Practicanta es rememorar un pasado reciente en el que la figura de estos profesionales era realmente cercana a las familias, puesto que durante un tiempo fue muy común, ante determinadas patologías, la prescripción de medicamentos a través de inyecciones intramusculares. Pese a que el trabajo de estos profesionales no se limitaba exclusivamente a esta práctica, muchos crecimos   con el “temor” a la jeringa. El ceremonial del alcohol, el algodón y las agujas se hace palpable en esta puesta en escena efímera en la que ya nada es lo que parece.


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