La estilográfica de Ernest Miller

La estilográfica de Ernest Miller

Autor: Jorge Maestre

Casi no tengo tiempo para levantarme del suelo. Vienen corriendo a por mí desde el otro extremo del parque. Son diez o doce, todos hombres. Veo turbio, pero sé que están armados con piedras y palos. Intento escapar, aunque las piernas no me responden. Tengo miedo y tiemblo. Se acercan, se acercan… ¡Ya están aquí!

O algo parecido debía de estar soñando el Negre Mamadou, porque se ha despertado gritando, sudando y apestando a vino tinto de garrafa (como casi siempre).

—¿Dónde está Aitana, Negre? —le grita entre risas uno de nosotros—. ¿Acaso te la has comido en sueños?

Todos nos reímos, unos con más ganas que otros, incluido el pobre Mamadou. Somos ocho los que rodeamos al Negre, que está tumbado debajo de un ficus gigante en el parque de Canalejas, de espaldas al mar y muy cerca de la Escuela de Comercio de Alicante. Los ocho somos estudiantes de la Escuela y tenemos entre veinte y veintiún años. Pero no venimos de estudiar. Es lunes de madrugada, y estamos allí porque volvemos de celebrar la noche de San Juan en el barrio de Santa Cruz. Es veinticuatro de junio de mil novecientos cincuenta y siete, festividad local en Alicante.

—Anda, Negre, toma un trago y relájate—. Otro de nosotros le ofrece su bota de vino a Mamadou, que acepta sin pensar. —Despacio, Negre, despacio, que te vas a poner morao—. Más risas. Aquello empieza a darme vergüenza. Y asco.

Por eso abro disimuladamente mi chaqueta y miro el escudo del Eton College que mi madre me bordó en todos los trajes de fiesta. La flor de lis, el león, los tulipanes. Todos son símbolos del espíritu de florecer, en conocimientos y en sabiduría. Pero también en nobleza, y en respeto hacia los que no tienen tantas oportunidades como uno ha tenido. Y vuelvo a sentir vergüenza. Más vergüenza y más asco.

Porque esto no es nuevo, siempre acabamos las fiestas igual, los ocho, aunque no celebremos nada. Nos emborrachamos o nos vamos de fulanas, o las dos cosas. Y al final, cuando está amaneciendo, le hacemos una visita a Mamadou, un indigente senegalés que vive de la caridad en el parque, y se pasa el día y la noche borracho. Entonces le invitamos a beber o a tomar unos churros en la Calle Mayor, y nos vuelve a contar su triste historia: que estaba en el ejército francés cuando la Gran Guerra; que lo dejó todo, su familia, su patria, su religión… todo por una chica alicantina, Aitana, a quien conoció en Orán y a la que lleva buscando dieciocho años por el norte de África y por Alicante (o eso dice).

Así que me aparto del grupo y miro hacia otro lado. Si no tengo el valor de rebelarme, al menos no quiero ser cómplice de las bromas sin gusto que recibe el pobre Negre. Me voy separando poco a poco de mis compañeros, y ninguno parece darse cuenta. Bordeo el tronco del ficus gigante, que debe de tener unos diez metros de diámetro, y miro los farolillos con guirnaldas que cuelgan de las palmeras de la avenida Doctor Gadea, a mi derecha, y que parece infinita con tanta luz. Al fondo de la avenida, perdida entre las palmeras, distingo la voz de un sereno que canta las ocho de la mañana. Está comenzando a clarear. Y, de repente, al completar media vuelta al ficus gigante, me encuentro con otro personaje, un cincuentón trajeado y con barba que se está levantando del suelo y sacudiendo la tierra húmeda del traje.

—Amigo, amigo, ¿qué pasa? —Me pregunta el tipo elevando la voz y con un marcado acento americano.

Me quedo callado, no sé qué responder en ese momento. Primero, porque me viene de sorpresa. Segundo, porque la voz grave y potente de aquel tipo me impone mucho respeto. Y tercero, porque comienzo a distinguirle la cara, y a reconocerle. Sobre todo por esto último.

—¿Qué pasa, Tony? —Escucho a uno de mis compañeros, que no me puede ver, pero que ha oído aquella voz, desde la otra parte del ficus gigante.

—Sí, sí, Tony, Tony —me vuelve a hablar el “americano” con su acento imponente mientras se pone de pie, se sacude la arena del traje y se peina con la mano. Y de pronto se me queda mirando y, como si intuyese que le voy a entender, comienza a hablarme en inglés—: ¿Qué demonios les pasa a tus amigos, chico? ¿Acaso se están burlando del muchacho negro?

Yo no sé qué decir, me vuelvo a quedar frío; primero porque no imaginaba que me fuera a hablar en inglés, y segundo porque en realidad sí que nos reímos de Mamadou, aunque luego siempre lo invitemos a desayunar. Pero no hace falta. El americano no espera mi respuesta, sino que da la vuelta al tronco y se planta en dos segundos delante de mis amigos y del Negre.

—¿Y bien? —Pregunta el americano, otra vez en inglés, ante el grupo, que por primera vez en un buen rato se muestra tranquilo y silente, impresionado ante aquel cincuentón corpulento y desafiante.

—Nada, señor —contesta uno de nosotros (uno que no sabe de idiomas pero sí de gestos)—. Somos amigos de Mamadou y venimos siempre a saludarle. Ahora mismo nos vamos todos juntos a tomar chocolate con churros.

El americano me mira, y yo le traduzco la respuesta. Satisfecho con la contestación, blande media sonrisa y saca una moneda de diez duros que entrega a un sorprendido Mamadou. Luego se gira lentamente, vuelve a peinarse con la mano y se marcha en dirección al puerto sin abrir la boca. Tampoco la abrimos ninguno de nosotros. Pero la tensión ambiental se diluye. Mis amigos vuelven a hablar: “vamos Negre, que te invitamos a desayunar en la Calle Mayor. Aunque hoy si quieres puedes pagar tú. Vaya limosna, chaval”.

—Vamos, Tony —me dice uno de mis amigos porque ve que me quedo un poco atrás—, que los churros se enfrían.

Pero yo me he girado hacia el americano y lo estoy viendo dar vueltas por el parque, como despistado y sin rumbo fijo. Entonces se cruzan nuestras miradas:

—¡Joven, joven, espere! —Me dice— ¿No sabrá usted por dónde se va al hotel Palas?

—Id para la churrería, que ahora os alcanzo —les grito a mis compañeros antes de contestar al americano.

—Sí, sí que lo sé, señor… ¿Hemingway? —Le pregunto al americano mientras me acerco a él.

—También puede llamarme Ernest —me responde mientras me tiende la mano—. O Ernest Miller, como guste, señor… ¿Anthony?

—Anthony Malcon —le contesto—, aunque puede usted seguir llamándome Tony.

De camino al hotel Palas, Hemingway me aclara por qué me habló en inglés. Me dice que está borracho, pero no ciego, y que vio el escudo del Eton College en el interior de mi chaqueta abierta. Luego escucha con atención la corta historia de mi vida. Al contrario que la mayoría de la gente, no parece impresionarse porque yo sea hijo del cónsul del Reino Unido en Alicante, ni porque mi madre sea cantante de ópera (además de ama de casa), ni porque haya aprobado con matrícula de honor todas las asignaturas el curso anterior. En cambio, hay un detalle de mis palabras que le llama poderosamente la atención:

—¿Lo dice en serio, Tony? ¿De verdad pretende usted ser escritor?

Silencio. Me pongo rojo y me siento incómodo. Estamos parados, de pie, en la puerta del hotel Palas. Me entran unas ganas enormes de salir corriendo.

—No se lo tome a mal, muchacho —me dice Hemingway mientras me palmea con fuerza la espalda—. No dudo de sus habilidades artísticas ni de su ingenio con la escritura, que, por otro lado, no he tenido ocasión de valorar. Pero, por lo que me ha dejado usted ver, se pasa la vida pegado a los libros, a excepción de alguna juerga con los amigotes y algún que otro viaje a Londres. Me parece que su experiencia no da para muchos relatos, la verdad.

El americano me clava sus ojos claros y profundos. Parece que me reta con la mirada, como si quisiera que me justificase. Otra vez vuelvo a estar tenso (además de consternado).

—Pero no se deprima, hijo —me dice—, que seguro que tiene usted argumentos para rebatirme. Mire, vamos a hacer una cosa —me vuelve a poner la mano en el hombro—: como ha sido usted tan amable de mostrarme el camino al hotel, le invito a desayunar.

La verdad es que llevo casi diez años, desde los doce, leyendo a Hemingway. He llorado con Adiós a las armas, he devorado sus relatos cortos, he leído, a escondidas, una traducción francesa de Por quién doblan las campanas (que me trajo mi padre de París). Sabía que visitaba bastante España, pero nunca lo visualicé en Alicante. Y ahora lo tengo aquí. Y en menos de diez minutos, me desmonta mi vocación de escritor y me invita a desayunar. Asombroso.

—De acuerdo, señor Hemingway, acepto su invitación.

En el hotel Palas, el americano entra como si estuviera en casa.

—Buenos días, señor Hemingway—, le dice el recepcionista, que no se extraña de verlo aparecer a estas horas (aunque acaben de dar las ocho) y con el traje manchado de tierra.

Luego el escritor me pide que lo espere en el sofá del recibidor, pues va a subir a su habitación para asearse. En menos de veinte minutos, Mr. Hemingway aparece en el recibidor duchado, afeitado, peinado, con un traje que parece nuevo (por impoluto) y un sombrero de fieltro en la mano derecha. Con la otra mano me hace un gesto para que le siga hasta el comedor. En la puerta, un camarero nos recibe y nos conduce a una mesa que ya está preparada, con dos tazas de café con leche, dos de chocolate y una docena de churros.

—Cortesía de la casa —me dice Hemingway—. Me abren el comedor temprano, solo para mí, porque soy buen cliente. Y generoso en propinas, ya se imagina usted. Pero vayamos a lo que interesa, muchacho, porque a las once, después de misa, tengo un aperitivo con el gobernador civil y siete u ocho gerifaltes más de las administraciones provincial y local. Así es que contésteme sin rodeos: ¿le gustan a usted las mujeres, Tony?

La pregunta casi me hace caer del asiento.

—No, no, por favor, no me malinterprete, amigo. No me refiero a sus gustos sexuales, propiamente hablando. Ni tampoco a si se ha enamorado alguna vez de una muchachita con cara de princesa y olor a azahar, no, eso lo supongo. Le estoy preguntando si le atraen ese tipo de mujeres capaces de hacerle perder a uno el sentido con una mirada. Esas por las que apostaría usted hasta el aire que respira y lo perdería gustoso. Esas que le pueden hacer malgastar la cartera y la cabeza en una misma noche, ya me entiende.

Ante la ofensiva dialéctica del americano, yo sigo callado, pero él sigue dando detalles:

—Vamos, Anthony, no sea tímido. Veo que el alcohol no le disgusta, intuyo que el riesgo le atrae, pero las mujeres, muchacho, dígame si siente fascinación por las mujeres auténticas…

Poco a poco, conforme avanza la conversación, que en muchos tramos es monólogo, me voy impregnando y contagiando del espíritu vital y apasionado de Ernest Miller Hemingway. Hablamos de toros, de boxeo, de violencia sin sentido, de guerras (que detesto, como todo lo anterior); hablamos de viajes, de aventuras, de safaris, de hitos en la conquista del planeta; hablamos de noches enteras en vela por las tertulias, de pintores rusos exiliados, de poetas malditos… Hablamos, aunque yo más que hablar escucho, durante más de una hora, hasta que el escritor americano se pone otra vez serio y me vuelve a noquear con una de sus preguntas existenciales:

—Y a todo esto, vayamos a lo más importante y, en el fondo, la razón de que usted y yo estemos ahora aquí dialogando: ¿cómo lo hace usted, muchacho? —Mi cara le da a entender que no comprendo la pregunta—. Sí, sí, quiero decir que cómo hace para sentir lo que siente un escalador o un submarinista o un soldado atrapado en una trinchera.

Sigo sin entender bien la pregunta, pero no abro la boca, sino que le aguanto la mirada a mi interlocutor; esa mirada clara y profunda que por momentos me fascina y me aterra.

—Usted es joven —sigue hablando el escritor—, y tiene ganas de vivir en plenitud. Además tiene ganas de escribir. Pero no puede hacer ninguna de las dos cosas con verdadera energía porque su creatividad se lo impide. Mejor dicho —matiza—, es su falta de creatividad, o el no desarrollarla, lo que le bloquea.

No sé si quiero seguir escuchando. En ese momento comienzo a sentirme incómodo, pero dejo que siga hablando:

—Usted, Tony, no cruza canales a nado, ni expone su vida delante de un toro o frente a la policía o el ejército, no. Usted gasta su vida y su juventud sentado delante de un manual técnico y malgasta su poco tiempo libre con amigotes y furcias. Y ni tan siquiera se dedica luego a utilizar la escritura como bálsamo redentor de su tediosa vida. Carece, por lo que veo, del valor necesario para realizar las dos cosas más importantes de esta vida: vivir y crear.

Escucho este último discurso y me siento más que desanimado. ¿Tocado en el alma? No, hundido. Noto un nudo en el estómago que me dificulta la respiración. Entonces decido levantarme, poner una excusa creíble y marcharme para buscar a mis amigos y olvidarme para siempre de este tipo, esta charla, esta resaca y esta mañana.

Pero no me da tiempo. Porque Ernest Miller Hemingway, escritor norteamericano galardonado con los premios Pulitzer y Nobel, entre otros, ese mismo borracho que me he encontrado hace un rato bajo un ficus, y que lleva casi dos horas charlando conmigo (sin conocerme de nada) aquí, en Alicante, en mi ciudad adoptiva, cambia de nuevo el tono y la expresión de su rostro antes de llevarse la mano a un bolsillo interior de su chaqueta.

—Tengo algo para usted —me dice y me entrega una estilográfica de color marrón granate—. Es neoyorquina, una Waterman que ya no se fabrica desde hace más de treinta años. La dama que me la regaló, por aquella época, lo hizo en pago a un favor “especial”. Pero esa es otra historia.

Me quedo unos segundos observando el regalo. Está en perfecto estado. Es una pluma sobria e imponente. La verdad es que da gusto mirarla. Mientras la trasteo, escucho al americano:

—Piénselo bien, muchacho, y dese cuenta de que con el instrumento que tiene entre sus dedos puede hacer caer imperios, vengar a inocentes, asesinar bolcheviques (o fascistas), escalar cumbres inéditas, llegar a Marte… Puede cambiar el mundo con una hermosa estilográfica. Y yo le voy a dar la oportunidad. Solo porque me ha caído usted bien.

Entonces Hemingway saca de un bolsillo de su chaqueta un pliego de papel de carta doblado en cuatro partes, lo desdobla y me lo entrega:

—Son casi las diez y media. Tengo un asunto que ventilar antes de verme con el gobernador. Pero no se preocupe, volveré a pasar por aquí en un cuarto de hora, antes de marcharme. Mientras tanto —me dice señalando el papel— no sea lelo y aproveche. Comience a cambiar el mundo. O al menos, comience a cambiar su mundo.

Cuando el americano se marcha, me percato de que estoy fascinado y, asustado. Tanto como hace un minuto estaba deprimido. Yo no sé si la literatura podrá cambiar el mundo. Pero sé que este gran escritor tiene la virtud de hacerme cambiar de ánimo cada diez minutos.

Entonces destapo la estilográfica, la apoyo en el papel blanco y me pongo a pensar. No tengo nada que escribir. Nada. Cambiar el mundo. Cambiar mi mundo. No es tan fácil. Vivir y crear. Quisiera saber escribir tan bien como Hemingway, o al menos vivir tan intensamente como él. Al fin y al cabo, hace un par de horas los dos estábamos borrachos en el parque de Canalejas. Pero no se me ocurre nada que escribir. Decido relajarme. Miro por la ventana. Y veo a mi grupo de compañeros, que vuelven de la churrería y se dirigen al paseo de la playa del Postiguet. Uno de ellos lleva a Mamadou rodeado por el hombro. Parece que el Negre le está contando una historia. La misma historia de siempre.

¿La misma de siempre?, pienso. No, hoy será diferente.

Y comienzo a animarme, y a pensar que estoy vivo, tanto como Hemingway, y que puedo cambiar las cosas. Y empiezo a escribir como un poseso: que Mamadou deja el alcohol, que encuentra un trabajo, que recupera su dignidad…

Al indigente nigeriano Mamadou Bikile, el encuentro con aquel escritor le cambio la vida. En los últimos dieciocho años, era la primera vez que recibía limosna sin verse obligado a agachar la cabeza. Aquella misma noche cenó consomé de pollo con verduras (y agua) en un hostal próximo al parque donde vivía, se aseó y pernoctó allí mismo. A la mañana siguiente, descubrió con agrado que volvía a tener ganas de rezar. Después de hacerlo, se fue a una sastrería próxima y empleó las treinta y siete pesetas que le quedaban en alquilar un traje con corbata, una camisa blanca y unos zapatos que, de tan relucientes, parecían recién estrenados. Luego se dirigió a un hotel que quedaba al final del parque, para pedir trabajo. Su sorpresa fue mayúscula al ver que nadie en el hotel lo identificaba con el pobre inmigrante beodo que pedía limosna en el parque de la esquina. Entonces la vio.

Cuando Ernest Miller Hemingway vuelve a la mesa, interrumpo mi escritura y dejo la pluma sobre la mesa.

—Veo, Tony, que se está esmerando usted en cambiar el mundo —me dice mientras ojea lo que he escrito.

—¿No me va a dar su opinión? —Le pregunto—. No tengo problemas en traducírselo.

—Mi opinión es que ha empezado usted del modo correcto. Por un rato se ha olvidado de sus estudios y de sus amigos para comenzar a escribir. Recuerde: vivir y crear. De momento, con eso debería tener bastante —me dice mientras me extiende la mano a modo de despedida—. Hasta pronto, buen amigo. Espero que nos volvamos a ver.

Justo en ese momento, cuando ya nos hemos levantado de nuestros asientos, una camarera de rostro triste y amable se acerca a nuestra mesa:

—¿Los señores han terminado ya? ¿No desean tomar nada más?

—No sé si quiere algo más Mr. Anthony —contesta el americano (en castellano)—, pero yo tengo que marcharme. Gracias de todos modos, señorita Aitana.

—Gracias a ustedes, señores —contesta aquella camarera triste, Aitana, que tendrá unos treinta mal llevados, justo antes de que se gire para marcharse.

Y entonces se me pasa por la cabeza la historia del Negre Mamdou, en un segundo, como un destello, y abro la boca con fuerza para gritar el nombre de la chica (¡Aitana!), hacerle una sola pregunta y saber que es verdad lo que me ha dicho el escritor. Que puedo cambiar el mundo solo con mi estilográfica. Vivir y crear. Crear y vivir.

Pero la voz imponente de Ernest Miller Hemingway, a mi espalda, engulle toda mi iniciativa y me devuelve a la Tierra:

—Antes de irse, muchacho, hágame un favor. Dígame qué opina del tabaco. Pero, por Dios, Anthony, no me hable usted de esos cigarrillos de paja que regalan a las damas en las terrazas de verano. Me refiero al tabaco de verdad, ese que sabe a rayos, el que mata…

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