Silencio, se sueña

Silencio, se sueña

Eran las doce del mediodía y ella seguía en la cama. Su cuidada melena había perdido el brillo de antaño en poco tiempo, la dejadez había hecho acto de presencia en su aspecto, no solo en el cabello. Había oído insistentemente que siguiese una rutina, pero se veía incapaz de programarse, el día a día le mermaba fuerzas.
En realidad no sufría por el confinamiento, los días para ella eran cada vez más cortos; solo le obsesionaban los sueños. Desde que acumulaba edad los sueños la perseguían, nadie como ella ( al menos conocido) recordaba con tanto detalle cada una de sus noches y la intensidad de las emociones. Siempre dudó entre la realidad y lo soñado, lo último le parecía mucho más auténtico.
El día que descubrió al personaje de García Márquez, Frau Frida en Me alquilo para soñar, supo que su admirado Gabo se había inspirado en ella misma. Ese parecía su destino, soñar y contar lo que soñaba, aunque en este caso nada tuviese que ver con las predicciones. De ese modo comenzó con un ejercicio diario, recordar y verbalizar sus sueños y así lo hizo durante cuatro décadas con su sufrido marido, que jamás recordaba lo soñado.
Pero ahora todo era diferente, llevaba una semana confinada por prescripción médica, sintomatología sospechosa, y la distópica situación de la realidad la había convertido en un almacén de sueños; cada día le costaba más levantarse.
Su apetito había desaparecido, tomaba a duras penas algo de alimento en un pequeño tránsito hacia el sueño; una ducha, cambio de camisón, una única comida y de nuevo al lecho. No podía con la lectura y menos con la televisión. En realidad no se encontraba mal pero había entrado en un bucle y cada vez se sentía mejor y más atrapada en él. Su marido la reprendía con dulzura, pero nada ni nadie podía hacerla cambiar, cada día aumentaba su letargo.
Y llegó el décimo día. A las cuatro de la tarde su marido, angustiado, intentó despertarla. La habitación olía a ella, a esa piel cuidada que, pese a los años destilaba siempre un aroma a limpio. Él Insistió, pero ella siguió durmiendo, respiraba, pero dormía y ese día no pudo despertarla.
Y soñó, soñó tanto que al despertar, dos meses después, su aspecto no había cambiado, el mundo sí.
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